Raíces
- Venga cariño, acaba de ponerte los zapatos que nos vamos. – Dijo con su dulce voz – Acabé de atarme los cordones de la mejor manera que sabía y me puse la ropa perfectamente ajustada, todo en su sitio, una vez más. Una de mis manías era (y sigue siendo, aunque de una forma menos compulsiva) llevar la ropa bien igualada: las dos mangas del jersey a la misma altura, los dos calcetines bien subidos, los cordones de los zapatos apretados con la misma fuerza… y así infinidad de pequeños detalles. Abrí la puerta de casa mientras ella cogía su bolso y poniéndome de puntillas alcancé el botón para llamar al ascensor. Al llegar a la calle, fui directamente al coche y en cuanto ella abrió la puerta del conductor y se desbloquearon las otras, abrí la de atrás y enseguida bajé la ventanilla con la maneta. Era cinco de septiembre y el sol todavía picaba, y aunque no estaba en su horario álgido ya que eran las seis de la tarde, el coche parecía un horno, y nosotras estaríam...